Quemó dos licuadoras en la cocina de su casa y terminó inventando un ladrillo con maples de huevo que es furor
Se llama José, tiene 49 años y es profesor de tenis. Estudia en la UNNE y patentó un material ecológico que aísla más que el ladrillo común y cuesta la mitad.
Todo empezó en el barrio, viendo cómo las montañas de cartones de huevos terminaban siempre en el mismo lugar: el tacho de basura o el quemadero de la esquina. José Daniel Fernández, un correntino por adopción que se reparte los días entre las canchas de tenis y las aulas de la carrera de Diseño Industrial, decidió que ese desperdicio tenía que servir para algo. Se puso el overol de inventor y, después de mucho «meté pata» y varios fracasos, sacó de la galera un ladrillo ecológico que hoy ya tiene patente nacional y promete revolucionar la construcción en el NEA.
Un experimento con sello litoraleño
El proceso no fue un camino de rosas. «Quemé dos licuadoras intentando hacer la pasta base», confiesa José entre risas. Es que el hombre no se quedó solo con el cartón triturado; buscó una vuelta de tuerca que fuera bien nuestra. ¿El secreto? Un aglutinante orgánico a base de almidón de mandioca, bicarbonato y vinagre.
Lo mejor de todo es que este bloque no necesita pasar por un horno. Se prensa y se seca al aire, lo que significa que la huella de carbono es cero. Es una respuesta directa a la falta de normativas para materiales alternativos en el país, un vacío que José decidió llenar con ingenio puramente chaqueño-correntino.
Mejor que el telgopor y el cemento
Si pensás que por ser de cartón se desarma con el primer viento, los laboratorios de la Facultad de Ingeniería de la UNNE dicen otra cosa. El «ladrillo de maple» pasó por todas las pruebas de fuego —literalmente— y los resultados dejaron a todos con la boca abierta.
En los ensayos de conductividad térmica, el invento de José demostró que aísla muchísimo mejor que el ladrillo cerámico hueco y el cemento tradicional. En cuanto al ruido, se comporta igual que el poliestireno expandido (el famoso telgopor), pero sin el drama ambiental que este genera. Es liviano, resistente para muros interiores y cielorrasos, y encima es una «masa» para mantener la casa fresca en pleno enero correntino.
El sueño de la casa propia, versión eco
Pero la cosa no queda solo en un título universitario o un papel colgado en la pared. José, que ya es un emprendedor con marca de ropa propia, quiere que esto llegue a la gente que más lo necesita. Ya golpeó las puertas del Invico (Instituto de Vivienda de Corrientes) y los números entusiasman: fabricar estos ladrillos y placas para cielorrasos podría reducir los costos de construcción hasta un 50%.
El plan es que las cooperativas y talleres comunitarios se sumen a la movida. «Me encantaría que se use para viviendas sociales», dice José, convencido de que el diseño tiene que servir para transformar la realidad de los que menos tienen.
Ahora, con la patente en mano y el respaldo científico, el próximo paso es el CAT (Certificado de Aptitud Técnica) del INTI para que estos ladrillos pasen de la facultad a las obras de toda la provincia. José sigue enseñando tenis, pero está claro que el mejor saque de su vida lo hizo desde un aula de la universidad pública.

