El Iberá se planta en ArteCo para salvar su identidad
Mañana arranca oficialmente la gran feria de arte en Corrientes, pero el ruido ya empezó. Con piezas que van desde un ñandú a escala real hasta tejidos que ya casi nadie sabe hacer, los artesanos de los esteros buscan rescatar del olvido sus raíces y demostrar que lo nuestro tiene un valor que el mercado recién ahora empieza a entender.
Corrientes se está preparando para cuatro días de esos que sacuden la modorra cultural. Con una temperatura que nos recuerda que el invierno ya asoma, el pulso creativo del Nordeste se acelera porque vuelve ArteCo. Esta octava edición no es una más; se siente como un desembarco federal donde el arte contemporáneo y el barro de los esteros se dan la mano en el Museo Ñande Macc.
Si bien el corte de cinta oficial con el gobernador Valdés es mañana jueves, hoy ya hay «convite» artístico para los que no aguantan las ganas. Pero más allá de los brindis y las luces, lo que realmente está llamando la atención este año es cómo la artesanía del Iberá se cansó de ser solo «un souvenir» para pasar a ser una obra de arte con todas las letras.
El fin de los diseños importados
Lo que está pasando con los artesanos del Iberá es casi una rebelión estética. Durante décadas, muchos tejedores locales seguían patrones de revistas europeas —sí, como la famosa revista Borda— porque era lo que tenían a mano. Terminaban bordando ciervos que no se parecían en nada a nuestro ciervo de los pantanos ni a un guazuncho.
Eso se terminó. Bajo la curaduría de Hada Irastorza, el foco se puso en el pastizal, ese ecosistema amenazado que es nuestra casa. Ahora, artesanos de pueblos como Concepción, San Miguel y Caá Catí están creando piezas que hablan de nosotros. Pedro Toledo, por ejemplo, uno de los pocos que todavía sabe hacer cinchas para caballos, se mandó unos osos hormigueros increíbles usando técnicas que estaban a punto de desaparecer.
El arte de no olvidar
El tema acá es que muchas de estas técnicas están en «peligro crítico de extinción». Se trata de saberes que viajan de mano en mano, muchas veces sin nada escrito. Como el caso de Petrona Romero, que aprendió el oficio del espartillo de las manos de la maestra Rosario Salazar, o el platero David Romero, que de tanto mirar a su viejo se convirtió en el integrante más joven de la delegación.
Este año, la apuesta es fuerte: piezas que ya no son solo para usar, sino para mirar y pensar el territorio. Juan Ariel Martín, por ejemplo, se animó a tallar un ñandú con sus crías a tamaño real usando leña de un ñandubay que encontró caído. Una locura que demuestra que el monte tiene mucho para decir si sabemos escucharlo.
Una agenda para no quedarse afuera
La feria no es solo colgar cuadros. El Auditorio ArteCo va a ser una «cámara de resonancia» donde se va a discutir de todo: desde cuánta plata vale una obra hasta cómo los saberes y las creencias influyen en lo que creamos. Van a desfilar mentes brillantes y habrá homenajes necesarios, como el de María Rocha o Norma Capponcelli.
Corrientes se enciende por cuatro días. Entre las esculturas sobre la fe de Lucas Vera y las muestras en el Espacio Mariño, la ciudad va a vibrar. Es la oportunidad de ver cómo el Iberá deja de ser un paisaje de postal para convertirse en una economía viva y en un grito de identidad que resuena en todo el país.
Si andás por la zona, date una vuelta. Porque lo que se juega en estas salas es mucho más que arte: es la memoria de nuestra gente que se niega a ser olvidada

